Celta en la semifinal

Ya nadie le podrá olvidar. Eduardo Berizzo escribió ayer su nombre en los libros de historia del Celta de Vigo como el primer entrenador que consiguió llevar al club gallego a unas semifinales europeas. Su éxito, cimentado en la constancia y regularidad, se podría resumir en la madurez competitiva que demostró anoche su equipo en tierra hostil. Porque el rival es quien decide qué retos te plantea, pero en tu mano siempre está la manera en la que tratas de responderlos.
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Cinco minutos tardó el Celta en hacerse con el timón del encuentro en el Luminus Arena. Bastaron un par de acciones al contragolpe de Iago Aspas para que los de Berizzo se soltaran y fluyeran como en un partido normal, aunque ni lo fuera ni lo afrontaran como tal. La idea del técnico argentino pareció partir de una premisa clara que no sólo revela un obvio conocimiento de la competición y del rival, sino sobre todo una plena consciencia de lo que es su equipo: por un lado estaba el hecho de que cada gol del Celta iba a valer más que el anterior, por el otro la creencia de que a los de Balaídos les iba a resultar más fácil asegurar el gol en la portería de Ryan que el cero en la de Sergio. En base a esto, el Celta nunca defendió el resultado, sino que lo atacó. Y lo hizo desde diversos frentes.

Los de Berizzo buscaron controlar el ritmo desde la posesión, agredir la fragilidad defensiva del KRC Genk desde la transición y defenderse de su alegría ofensiva desde la defensa de los costados. Y todos lo tuvieron claro. Aunque nadie contribuyó más que Pione Sisto a la hora de convertir estas intenciones en el contexto táctico del partido. El extremo danés se erigió en un segundo Iago Aspas, tanto para lo bueno como para lo mejor. No negoció ni una vez un esfuerzo defensivo a la hora de perseguir al lateral rival, buscó una y otra vez habilitar una línea de pase vertical para desahogar la salida de balón, ofreció constantemente un apoyo para asegurar el control de la posesión y, por supuesto, fue fundamental a la hora de agredir a los belgas, rajando su sistema por dentro con conducciones que comenzaban levantando a cada seguidor vigués de su asiento y acababan, como mínimo, con los brazos izados a media asta.
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Su actuación además de brillante fue completísima. Sobre todo porque en cada una de estas acciones no sólo contribuyó a reforzar el plan colectivo, sino que iban arrastrando a sus compañeros para que hicieran lo propio. Es decir, exactamente lo que hace Aspas cada día -y el de ayer no fue una excepción-. Y por eso el Celta siempre estuvo más cerca del gol que el Genk. Como escribía Javier Benavides, “el gol local parecía probable; el visitante, inevitable”.

Eduardo Berizzo, antes icono como futbolista, ahora leyenda como entrenador, ha conseguido ir ganándole terreno a ese vértigo tan característico que siempre ha tenido el RC Celta de Vigo cada vez que la historia ha llamado a su puerta. Primero en Sevilla, luego en Vitoria, ayer en Genk y quién sabe si próximamente en Estocolmo.